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Description

WALTER J

CISZEK,

Flaherty,

CAMINANDO POR VALLES OSCUROS Memorias de un jesuita en el Gulag

Título original: He leadeth me © This translation published by arrangement with Doubleday Religion,

an imprint of the Crown Publishing Group,

a division of Random House LLC © Traducción: Gloria Esteban Colección: Arcaduz © Ediciones Palabra,

: (34) 91 350 77 20 – (34) 91 350 77 39 www

es [email protected] Diseño de portada: Raúl Ostos Diseño de ePub: Erick Castillo Avila ISBN: 978-84-9061-193-7

Todos los derechos reservados No está permitida la reproducción total o parcial de este libro,

ni su tratamiento informático,

ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio,

por registro u otros métodos,

sin el permiso previo y por escrito del editor

El Señor es mi pastor,

En verdes prados me hace reposar

me guía hacia aguas tranquilas

Aunque camine por valles oscuros,

tu vara y tu cayado me sosiegan

A mis amigos rusos: Nikolai,

Andrei,

Albert,

Giorgi,

Vladimir,

Victor,

Yekaterina

Que Él los guíe como me guió a mí

Y a mi hermana Helen Gearhart y a mi querido amigo P

Edward McCawley,

PRÓLOGO Aterricé en el aeropuerto Idlewild de Nueva York el 12 de octubre de 1963,

después de vivir en la Unión Soviética veintitrés años,

la mayoría de ellos en la cárcel o en los campos de trabajos forzados de Siberia

Algunos de los amigos y familiares que se encontraban allí ese día dicen que descendí del vuelo nº 501 de la BOAC como un nuevo Colón a punto de redescubrir América y retomar la vida de un hombre libre

Yo no me sentía así

Tampoco sabía que en 1947 me habían dado oficialmente por muerto y que mis compañeros jesuitas ofrecieron varias misas por el descanso de mi alma cuando se pensó que había perdido la vida en una cárcel soviética

Mi único sentimiento era de gratitud hacia Dios por sostenerme a lo largo de esos años y,

Poco después de dejar mi casa y a mi familia en Shenandoah (Pennsylvania) y,

me ofrecí por primera vez como voluntario para las «misiones rusas»

En 1929,

el papa Pío XI dirigió una carta a todos los seminaristas –«especialmente a nuestros hijos jesuitas»– pidiendo hombres dispuestos a trasladarse a un nuevo centro ruso que se pensaba abrir en Roma con el fin de formar a jóvenes sacerdotes para una posible futura labor en Rusia

Allí estudié teología y me preparé para llevar a cabo esa labor aprendiendo a celebrar la misa de rito bizantino

fue imposible enviar sacerdotes a Rusia y,

me asignaron a una misión de rito oriental dirigida por jesuitas en la ciudad polaca de Al’Bertin

Estaba trabajando allí cuando,

Los alemanes tomaron Varsovia y el ejército rojo invadió la Polonia oriental y llegó a Al’Bertin

En medio de la confusión y de los efectos de ambas invasiones,

me uní a muchos otros refugiados polacos y me trasladé con ellos a Rusia

Haciéndome pasar por un trabajador más,

tenía la esperanza de poder asistirles en sus necesidades espirituales

Pero la policía secreta soviética no se dejó engañar

En junio de 1941,

cuando Alemania invadió Rusia,

el NKVD me descubrió y me encarceló

Me trasladaron en tren hasta la temida prisión moscovita de Lubianka,

acusado de ser un «espía del Vaticano»

Allí permanecí todos los años que duró la guerra,

sometido a periódicos y –muchas veces– duros interrogatorios por parte del NKVD

Cinco años después,

me condenaron a otros quince de trabajos forzados en los campos de prisioneros de Siberia

Junto con varios miles de personas,

me asignaron a las brigadas que trabajaban en la construcción en medio del frío polar del Ártico,

o en las minas de carbón y cobre,

mal alimentado y alojado en condiciones miserables en barracones de madera rodeados de un alambre de espinos y una «zona prohibida»

En esos campos había hombres que morían,

especialmente los que caían en la desesperación

Pero yo confiaba en Dios,

jamás me sentí abandonado y sin esperanza,

y tanto yo como muchos otros sobrevivimos

El hecho de seguir con vida no me pareció nunca algo especial o extraordinario,

pero daba gracias a Dios por sostenerme y velar por 6

mí durante todos esos años

Cuando por fin concluyó mi condena,

no recuperé del todo la libertad

La acusación de espionaje me impedía salir de Siberia y volver a las principales ciudades rusas,

y mucho más abandonar el país

De modo que me quedé en ciudades y pueblos siberianos,

trabajando –entre otras cosas– como mecánico de automóviles,

gracias a los esfuerzos de mi familia y amigos y a los buenos oficios del Departamento de Estado estadounidense,

me intercambiaron por dos espías rusos

Tras mi llegada,

mis superiores y un buen número de editores me convencieron del enorme interés del público por el relato de los años pasados en la Unión Soviética,

esos años en los que me habían dado por muerto

Accedí a narrar esa historia y así lo hice en el libro Espía del Vaticano

ese no era el libro que deseaba escribir

Pensaba que,

durante aquellos años de privaciones y sufrimientos,

había aprendido muchas cosas que podían ser de ayuda en las vidas de otros

Porque la vida de cualquier hombre tiene su parte de sufrimiento

todos hemos rozado alguna vez la desesperación y nos hemos preguntado por qué Dios permite que el mal se abata sobre nosotros o sobre los que amamos

En los campos y en las cárceles vi a mi alrededor mucho sufrimiento

yo mismo estuve a punto de sucumbir a la desesperación y,

aprendí a acudir a Dios en busca de consuelo y a confiar solo en Él

Desde que volví a casa,

la pregunta que más veces me han planteado los periodistas y otras personas es: «¿Cómo logró sobrevivir

Mi respuesta siempre ha sido la misma: «La divina providencia»

No obstante,

sabía que esta sencilla afirmación jamás podría satisfacer a quienes la formulaban,

ni expresar todo lo que yo pretendía decir con ella

Durante esos largos de años de soledad y sufrimiento,

Dios me condujo a una comprensión de la vida y de su amor que solo quienes la han experimentado son capaces de entender

Me despojó de muchos de los consuelos externos,

físicos y religiosos,

en los que se apoya el hombre y me dejó como única guía un núcleo esencial de verdades aparentemente simples

¡qué profunda diferencia marcaron en mi vida,

cuánta fortaleza me proporcionaron,

cuánto coraje para seguir adelante

! Sentía el deseo de hablar de ellas a los demás: es más,

pensaba que una de las razones por las que Dios,

me había devuelto a casa sano y salvo era la de poder ayudar a otros a entender un poco mejor estas verdades

De ahí que en las páginas de ese primer libro,

Espía del Vaticano,

ya intentara expresar algo de lo que había aprendido y creía que debía decir,

y proporcionar algún indicio al menos de las verdades que me guiaron y sostuvieron

Aunque,

dadas las limitaciones de esas páginas,

sabía que no había logrado hacerlo ni debida ni suficientemente,

me sirvieron de consuelo las numerosas cartas y peticiones personales de guía espiritual que recibí,

los lectores de mi historia descubrieron entre líneas mucho más de lo que yo había sido capaz de expresar

Y supe que algún día escribiría este libro

Pero comprendí también que no podía hacerlo solo

Por poderosos que fueran los 7

motivos que me empujaban a escribirlo,

por poderosas que fueran mis aspiraciones,

era muy consciente de que mi escaso talento literario no se hallaba a la altura de la tarea

Nunca me he considerado escritor y nunca lo haré

No obstante,

me urgía tanto la idea del mensaje que debía transmitir y compartir con otros que,

Daniel L

Flaherty,

quien tanta ayuda me había prestado en la elaboración de mi primer libro,

y le expliqué mis proyectos e ilusiones respecto a este

Flaherty es para mí más que un colaborador o un excelente editor: a lo largo de los escasos y breves años en que le he tratado y trabajado con él,

se ha ido convirtiendo en uno de mis mejores amigos,

Si se hubiera negado,

creo que habría renunciado sobre la marcha y de una vez por todas a la idea de seguir escribiendo

Pero no se negó

Accedió a ayudarme de nuevo y su aliento alimentó mi entusiasmo por continuar adelante

Descubrí,

que este libro era mucho más difícil de escribir,

y me llevó mucho tiempo poner palabras a lo que creía que quería decir

A veces,

a Dan le llevó aún más tiempo entenderme a mí,

pues es complicado que una persona capte el espíritu de otra y exprese lo que la mueve

las oraciones de muchos amigos y la paciente colaboración de Dan,

este libro ha acabado tomando forma y,

tras meses de tenaces esfuerzos,

está listo –Dios mediante– para la imprenta

ahora que por fin lo he terminado,

solo puedo esperar y rezar para que resulte útil a quienes lo lean

De ser así,

querría aprovechar la ocasión para expresar mi profundo agradecimiento a cuantos de tantas maneras –con sus oraciones y con su apoyo material o moral– me han ayudado a concluir una tarea a la que siempre temí enfrentarme solo

Creo que es obvia mi inmensa deuda con Dan por haberme dedicado tanto tiempo y tantas energías para poder llevar a cabo lo que consideraba mi obligación

También estoy en deuda con el P

Amberg,

por permitirme vivir en Canisius House,

la casa jesuita de escritores de Evanston asociada a la Loyola University Press,

y dejarme pasar allí más de medio año plenamente entregado a la preparación del manuscrito definitivo

No menor es la deuda contraída con todos los miembros de la comunidad de Canisius House por tolerar mi presencia y ayudarme con su amabilidad a hacer de mi estancia entre ellos una experiencia sumamente productiva y agradable: un tiempo que nunca olvidaré

Naturalmente,

mi más profundo agradecimiento también a los miembros de la comunidad del Centro de Estudios Orientales Juan XXIII de la Universidad de Fordham,

Fueron ellos quienes apoyaron mi ausencia de la comunidad durante más de seis meses para dedicarlos a escribir,

mientras asumían la responsabilidad de llevar a cabo el trabajo que,

me habría correspondido a mí como miembro activo de la comunidad

Mi más sincero agradecimiento,

a Mary Helen O’Neill por su generosa contribución y su ayuda durante el largo y arduo proceso de redacción

Por último,

mi más profunda gratitud a todos aquellos cuyos nombres no aparecen mencionados por la ayuda,

que me han prestado durante este tiempo

Para todos,

mis oraciones y mis mejores deseos

WALTER J

CISZEK,

Canisius House 31 de julio de 1972 Fiesta de san Ignacio de Loyola

Capítulo 1 AL’BERTIN —¡El ejército rojo está aquí

¡Han llegado los soviets

! El 17 de octubre de 1939 la noticia recorrió la pequeña ciudad polaca de Al’Bertin sembrando el pánico

Esa memorable mañana acababa de celebrar misa y de desayunar cuando algunos fieles se presentaron demudados en la misión para comunicarme la noticia

Una noticia que siempre habíamos temido desde que quedó patente que Alemania y Rusia se repartían Polonia

Ahora nuestros temores se hacían realidad

El ejército rojo estaba en Al’Bertin

Uno a uno,

los fieles fueron abarrotando la misión para pedirme opinión,

solicitar mi consejo o recibir una palabra de esperanza y consuelo

Estaban preocupados por sus familias

Estaban preocupados por los hijos alistados en el ejército polaco,

por los maridos que trabajaban en el gobierno

Estaban preocupados por los niños y por el destino de todos

Intenté tranquilizarlos,

? Carecía de respuesta a unos hechos consumados,

y ¿cómo iba a tranquilizarlos acerca del futuro o a confortarlos en medio de la confusión que reinaba en la ciudad

? ¿Qué podía decirles excepto que rezaran y confiaran en Dios

? Incluso para eso me sentía inútil

Llevaba con ellos poco más de un año y poco más de dos ordenado sacerdote

¡Qué inexperto e inmaduro me veía ante una crisis repentina de semejantes dimensiones

! Refugiado en la rutina de un párroco cualquiera,

había atendido a aquellas personas en sus problemas diarios,

las había ayudado y consolado,

había celebrado misa para ellas,

llevado la comunión a los enfermos y ungido a los moribundos

Tenía muchos amigos y,

a pesar de ser tan joven –el joven norteamericano que convivía con ellos–,

Pero la guerra lo cambiaba todo

La crisis a la que se enfrentaban ahora no se reducía a disputas familiares,

ni a la pérdida de un ser querido

El consejo que en ese momento necesitaban no tenía nada que ver con lo cotidiano de una parroquia,

con los conocimientos de cualquier sacerdote

De repente,

Es imposible describir el sentimiento que te embarga en un momento como ese

Esa sensación de que,

de alguna manera y en un único instante,

todo ha cambiado y nada volverá a ser lo mismo

Que el mañana nunca se parecerá al ayer

Que ni siquiera los árboles,

el aire o la luz del día son los mismos,

porque el mundo se ha trastocado

Es un sentimiento imposible de expresar,

pero que conocen bien la mujer que ha perdido al marido o el niño que palpa el mal por primera vez o se enfrenta a una crisis inesperada

Es ese sentimiento que deja al corazón diciendo: «¡Ojalá pudiera retrasar el reloj hasta el momento antes

¡ojalá nunca hubiera sucedido

¡ojalá pudiera empezar de nuevo

Si aquella mañana mis temores resultaban difusos,

la sensación de impotencia era muy real

Y mis temores muy pronto dejarían de ser difusos para convertirse en algo muy concreto

Inmediatamente después de la llegada del ejército rojo empezaron las detenciones

Se confiscaron propiedades

Se sucedieron interrogatorios,

amenazas e intimidaciones sin cuento,

mientras los comunistas intentaban acorralar a cuantos consideraban una amenaza para ellos o para el nuevo orden

En medio de todo aquello,

la Iglesia se convirtió en blanco privilegiado de sus ataques

La iglesia de rito oriental de nuestra misión fue inmediatamente clausurada

a la parroquia de rito latino se le permitió funcionar durante algún tiempo más para atender a las pocas familias que se atrevían a acudir a ella

El resto de los edificios de nuestra misión pasaron a manos del ejército rojo y se utilizaron para alojar a las tropas

Se organizó una campaña de propaganda en contra de la Iglesia y de los sacerdotes: realizábamos nuestra labor bajo un acoso constante e incidentes de mayor o menor envergadura

Y fue una campaña eficaz

Hasta los más leales se mostraban cautos a la hora de acudir a la iglesia o de ver a un sacerdote

Los jóvenes desaparecieron enseguida

Los trabajadores no tardaron en comprender que podían perder el empleo si insistían en asistir a los servicios religiosos

Nuestras actividades como sacerdotes se limitaron estrictamente a la iglesia: no podíamos acercarnos a la gente a no ser que ella acudiera a nosotros

Y eran pocos los que se atrevían a hacerlo

Pronto nuestro ministerio quedó reducido a celebrar misa los domingos para unas cuantas personas

La misión jesuita de Al’Bertin,

que llevaba diez años dando frutos abundantes,

quedó destruida en cuestión de semanas

Mientras contemplaba la ocurrido,

continuamente me obligaba a evitar la pregunta que surgía en mi mente con recurrencia y de modo espontáneo: «¿Por qué ha permitido Dios tanto mal

¿Por qué las persecuciones

? Si Dios tiene que permitir los desastres naturales,

e incluso las guerras motivadas por los errores de los hombres,

¿por qué no deja al menos que alguien guíe y conforte a su rebaño mientras persisten las calamidades

? En lugar de distinguirlo haciéndolo objeto de esos ataques,

habría podido defenderlo y protegerlo

El desconcierto y el dolor crecían en mi interior al ver cómo la Iglesia,

en otro tiempo sólida y organizada,

se disolvía bajo los embates de los invasores

cómo la gente se iba distanciando,

cada vez más presionada a aceptar el nuevo orden

¿Y qué decir de los jóvenes arrancados literalmente de sus padres y obligados a unirse a las organizaciones de los Jóvenes Pioneros o al Komsomol,

y a quienes se enseñaba a informar de cualquier «desviación» por parte de sus mayores

? ¡Qué frustrante era oír cómo la propaganda comunista calumniaba abiertamente a la Iglesia,

a los sacerdotes y a los religiosos,

y saber que los niños debían aprender y repetir cada día doctrinas ateas en la escuela y en las clases

! ¿Cómo podía Dios permitir todo eso

Sabía que no habían perdido la fe: simplemente,

tenían miedo de practicarla en público

Por las noches acudían a mí para preguntarme cómo debían actuar,

si estaba bien colaborar con el nuevo orden,

si debían permitir que sus 11

hijos se unieran al Komsomol o si ellos mismos debían unirse a los sindicatos

estaba mal no ir a la iglesia los domingos o las fiestas de precepto

¿Y qué podía decirles yo

? ¿Cuánto heroísmo debía pedirles

que había permitido que ocurriera todo aquello,

esperaba de la gente corriente y sencilla de un remoto lugar como Al’Bertin

era una agonía hacerme esas preguntas,

pero no podía evitar planteármelas

Se agolpaban en mi mente en mis ratos de oración,

Y estoy seguro de que es algo que no me ha ocurrido solo a mí

No se trataba de una crisis de fe,

como no lo es cuando alguien que ha sufrido una gran pérdida o se ha enfrentado a una tragedia familiar se las formula

Era más bien una crisis en mi capacidad de comprensión,

y a nadie debería avergonzarle admitir que ha pasado por ella

Cualquiera que haya leído a fondo el Antiguo Testamento está familiarizado con estas preguntas

«¿Hasta cuándo,

Señor,

hasta cuándo los impíos triunfarán

Sobre todo en los días posteriores a David,

cuando en las orillas de Babilonia las glorias de la época dorada de Salomón no eran más que un recuerdo,

e Israel había sido sometido y arrastrado a la vergüenza,

esta pregunta reaparece una y otra vez

Sin duda,

para Israel debió de significar el fin del mundo,

el fin de esa especial protección de Dios sobre su pueblo elegido

desde la posición de ventaja que nos brinda la historia,

sabemos que ocurría todo lo contrario

Las dificultades de Israel no eran sino una manifestación de la especial providencia de Yahvé,

de su amor especial hacia el pueblo elegido

Como un padre cariñoso y amante,

intentaba arrancarlos de su confianza en reyes,

ejércitos o poderes de este mundo

Intentaba enseñarles,

que solo en Él debían poner su confianza

Con cada prueba y en todo momento,

los llevaba a darse cuenta de que solo Dios es fiel en cualquier tribulación,

solo Él es constante en el amor y a Él solo hay que aferrarse,

incluso con todo lo demás en contra

Yahvé sigue siendo el Señor detrás de los sucesos y los acontecimientos de este mundo: en ellos se le puede encontrar y en ellos se le debe buscar,

de modo que se cumpla su voluntad

Era Él quien los eligió a ellos,

Era Él quien se adelantó para establecer su alianza,

los alimentó y los protegió en cada prueba

Su parte de la alianza consistía,

en poner los ojos en Él y no en otros dioses,

en confiar en Él y no en los gobernantes,

Si Dios siempre era fiel,

incluso cuando los conducía a donde no querían ir,

a una tierra que no conocían o al exilio

Porque Él los había elegido,

igual que una madre no puede olvidar al hijo de su vientre

y tampoco ellos debían olvidarse jamás de Él

Es una dura lección

Y el Antiguo Testamento contiene la crónica de las muchas veces y los muchos modos de que se valió Dios para intentar enseñar esa lección al pueblo elegido

Es también un testimonio de con cuánta frecuencia,

Israel acabó despreciando a Yahvé,

acomodándose a cierta rutina y aceptando el statu quo como el principio y el fin,

haciendo del orden establecido su apoyo y su sostén,

y olvidando su fin y su destino últimos como pueblo de la alianza

Entonces Yahvé tenía que recordarles de nuevo,

con la caída de la monarquía,

o con la destrucción de Jerusalén,

que solo Él debía ser su principal esperanza,

porque los había elegido entre todos los pueblos de la tierra como signo de su poder y su amor,

y debían dar testimonio ante el mundo demostrando que su confianza estaba puesta solo en Él

Es la misma lección que tenemos que aprender cada uno de nosotros,

¡Qué fácil nos resulta,

volvernos dependientes de nuestras rutinas,

del orden establecido en nuestra existencia cotidiana,

! Empezamos a no dar valor a las cosas,

a confiar en nosotros y en nuestros propios recursos,

a «instalarnos» en este mundo y a buscar en él nuestro punto de apoyo

Todos tendemos demasiado fácilmente a asociar nuestra satisfacción con un sentimiento de bienestar,

a buscarla únicamente en nuestra comodidad

Estamos rodeados de amigos y de cosas,

a un día le sucede otro y gozamos de cierta salud y felicidad

No hay que desear mucho las cosas de este mundo –estar enamorado de las riquezas,

o ser codicioso o avaro– para lograr esa sensación de comodidad y de bienestar,

para sustentarnos y confiar en ellas… y obviar a Dios

Es el statu quo de lo que dependemos,

lo que nos hace pasar los días,

y en cierto modo perdemos de vista que,

por debajo y detrás de todo eso,

que nos mantiene y nos sostiene

Continuamos adelante dando por hecho que el día de mañana será exactamente igual que el de hoy: un mañana cómodo en el mundo que nos hemos creado,

un mañana seguro dentro del orden establecido en el que hemos aprendido a vivir,

y no dedicamos ni un solo pensamiento a Dios

Entonces Dios tiene que buscar algún modo de acabar con esas rutinas nuestras y volver a recordarnos,

que Él nos ha creado y nos ha destinado a vivir a su lado por toda la eternidad

que las cosas de este mundo y el mundo mismo no son nuestra ciudad definitiva

que somos suyos y que debemos buscarle y acudir a Él en todo

Quizá tenga que permitir que nuestro mundo se trastoque para recordarnos que no es nuestra morada permanente ni nuestro destino final

para devolvernos la sensatez y restaurar nuestros valores

dirijamos nuestros pensamientos hacia Él,

incluso aunque esos pensamientos al principio sean confusos y estén cargados de reproches

Quizá tenga que recordarnos con tremenda claridad que eso es exactamente lo que quería decirnos con esas palabras aparentemente tan simples del Sermón de la Montaña: «No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer

o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir

Buscad primero el Reino de Dios y su justicia,

y todas estas cosas se os añadirán»

Eso ocurrió con el pueblo de Israel: tuvo que aprender a no poner su confianza en príncipes o en reinos,

sino a ser fiel solo a Yahvé como Yahvé le fue siempre fiel,

Así ha sido a lo largo de la historia del Nuevo Testamento

En la propia Iglesia se han dado cambios y convulsiones,

No son los príncipes o los gobernantes,

las estructuras o las organizaciones lo que sustenta a la Iglesia

Es Dios quien la sustenta

También en Al’Bertin

Dios es constante en su amor si solo fijamos los ojos en Él

nos sostendrá en medio de cualquier tormenta si solo clamamos a Él

nos salvará si únicamente alzamos la mano hacia Él

Está ahí si solo nos volvemos a Él y aprendemos a confiar solo en Él

Las convulsiones del mundo o de la propia Iglesia no significan el final de todo,

En realidad,

pueden servirnos de señales que nos recuerden su amor y su constancia,

que nos hagan recurrir y agarrarnos otra vez a Él cuando todo aquello con lo que contábamos se derrumba a nuestro alrededor

Y eso ocurre en la vida de cada uno de nosotros

¡Qué triste que,

no logremos pensar en Dios ni descubrirle detrás de las cómodas rutinas de nuestra existencia diaria

! Solamente en los momentos de crisis nos acordamos de Él y a Él acudimos,

muchas veces como niños quejumbrosos y protestones

Cuando pierden a alguien,

en las tragedias familiares o en la desesperación,

los hombres se vuelven a Él y le preguntan: «¿Por qué

?»: una vez más y como último recurso,

nos vemos prácticamente obligados a acudir a Él en busca de ayuda,

Misteriosamente,

tiene que valerse de nuestras desgracias para recordar a nuestra naturaleza humana caída su presencia y su amor,

su preocupación y su protección constantes sobre nosotros

No se trata de una venganza: no nos envía desgracias para castigarnos por haberle tenido tanto tiempo olvidado

Somos nosotros quienes fallamos

Él siempre está presente,

siempre es fiel: somos nosotros los que no conseguimos verle ni le buscamos en épocas de bonanza y comodidad

los que no conseguimos recordar que está ahí,

cuidando de nosotros y proveyéndonos de todas las cosas con las que contamos y esperamos para subsistir cada día

Y no lo recordamos porque nos sentimos cómodos con nuestro orden establecido y con el statu quo,

mientras los días van pasando

Fue en Al’Bertin,

cuando la guerra hizo trizas el orden de nuestras vidas apacibles,

cuando empecé a comprender con mayor claridad y hasta cierto punto esta verdad en toda su tremenda sencillez: «No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer

o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir

Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados

Buscad primero el Reino de Dios y su justicia,

y todas estas cosas se os añadirán»

Sobreviviríamos,

aunque a nuestro alrededor el mundo se hubiese trastocado por completo

Saldríamos adelante,

reuniendo los pedazos y trabajando a diario por nuestro destino eterno y nuestra salvación

Habría un mañana y nosotros viviríamos en él

y Dios también estaría allí

La Iglesia sobreviviría –tal vez no como la habíamos conocido en la misión– porque entre el pueblo de Dios sobreviviría la fe,

como había sobrevivido siempre en tiempo de persecución

Solo una cosa debía preocuparnos en medio de aquel cataclismo y aquella 14

catástrofe aparentes: permanecer fieles a Dios y buscarle en todo,

confiando en su amor y en su constancia,

sabedores de que este mundo y este nuevo orden no eran nuestra ciudad definitiva,

como tampoco lo era el anterior,

y procurando siempre conocer su voluntad y ponerla por obra todos los días en nuestras vidas

Capítulo 2 LA DECISIÓN DE ENTRAR EN RUSIA Una tarde,

en medio del caos desencadenado por la guerra en Al’Bertin,

un georgiano jovial de cabello largo y ondulado,

nariz ganchuda y brillantes ojos negros,

que antes de la guerra había estudiado conmigo en el Centro Ruso de Roma,

donde nos hicimos inseparables

Nuestro superior jesuita lo enviaba a Lvov para informarnos de que,

el obispo había decidido cerrar temporalmente la misión de rito oriental de Al’Bertin

Nuestro encuentro en aquella ciudad destrozada por la guerra fue muy emotivo

Makar me rodeó con sus brazos,

me estrechó contra él con todas sus fuerzas y,

siguiendo la costumbre europea,

Mi respuesta fue igual de cálida y entusiasta

Sin embargo,

Makar traía en mente algo más que el mensaje del cierre de la misión

Había pedido encargarse de transmitirlo porque deseaba sondearme acerca de la posibilidad de entrar en Rusia

Makar me dijo que él y el P

Victor Nestrov,

otro de mis compañeros de los años del Russicum,

habían comentado con sus superiores la posibilidad de que los jesuitas acompañaran hasta la Unión Soviética a las brigadas de trabajo para atenderlas en sus necesidades

El plan era muy sencillo

Los soviets estaban contratando a mucha gente de las zonas ocupadas para trabajar en las fábricas rusas de los montes Urales

También capturaban a sospechosos de todo tipo y los enviaban a los campos de trabajo de los Urales

Makar y Nestrov hablaban de algo tan sencillo como cruzar la frontera con Rusia junto con algunos de aquellos trabajadores

No obstante,

sabían que yo querría unirme a ellos

En Roma nuestros compañeros nos apodaban «los tres mosqueteros»

Ya entonces nos tomaban el pelo por nuestro deseo insistentemente manifestado de ir a Rusia

Y esa era la propuesta que me traía Makar junto con la noticia de que el obispo cerraba la misión oriental de Al’Bertin

En cuanto Makar me habló de ir a Rusia,

Estaba tan emocionado,

me embargaba una alegría interior tan honda,

que tuve que reprimir mis sentimientos para no parecer estúpido

Si no me controlaba –pensé–,

Era tal mi entusiasmo que apenas podía hablar

en ese mismo instante de entusiasmo y alegría,

supe cuál sería mi respuesta

No albergaba ninguna duda,

Vi claro lo que iba a hacer,

lo que toda la vida había deseado y el sentido de la misión de Al’Bertin en la providencia divina

Y no se trataba solo de la misión de Al’Bertin

Era como si,

toda mi vida hubiese apuntado a ese momento

Recordé vívidamente aquel lejano día,

durante mi segundo año de noviciado en St

Andrew’s,

en que el maestro de novicios nos leyó una carta de Pío XI pidiendo voluntarios para una nueva misión rusa que acababa de abrirse en Roma

Mientras leían la carta,

Apenas pude esperar a que acabase la reunión antes de ir en busca del maestro de novicios y ofrecerme como voluntario para aquel nuevo apostolado en Rusia

Recuerdo que le dije: —Padre,

en cuanto ha leído usted la carta del papa,

ha sido casi como una llamada directa de Dios

Inmediatamente he comprendido que tenía que ofrecerme para esa misión rusa

Lo he sabido desde el principio y,

a medida que iba usted leyendo,

ese sentimiento ha ido creciendo hasta quedar plenamente convencido de que Dios me estaba llamando

que dentro de los planes de Dios está que Rusia sea mi destino

He sabido –¡y lo creo firmemente

!– que Dios me quiere allí y que en el futuro allí estaré

Naturalmente,

el maestro de novicios se mostró un tanto escéptico ante tanto entusiasmo por parte de un joven novicio

Sin embargo,

esa idea de la llamada a Rusia no me abandonó nunca

Jamás la consideré una ilusión

influyó en cada momento de mi vida

Era algo intangible,

algo que unas veces recordaba conscientemente y otras veces me asaltaba sin quererlo,

Significaba para mí lo que debió de significar la llamada de Dios para el patriarca Abraham,

la llamada que le ordenaba dejar su patria en Ur de los Caldeos y trasladarse a una tierra que el Señor le mostraría

Era la llamada que hizo posible que yo dejara familia y amigos,

y a mis compañeros jesuitas de Estados Unidos,

y me trasladara a Roma para estudiar en el Russicum

En los años que siguieron sentí mucha soledad y mucha nostalgia

Mi padre murió mientras yo estudiaba en Roma y me fue imposible asistir a su funeral

Cuando por fin me ordené,

nadie de mi familia pudo permitirse viajar a Roma para acompañarme

Sin embargo,

a lo largo de aquellos años jamás flaqueó mi convicción de que Dios me llamaba a las misiones rusas

nunca dudé de que algún día le serviría allí

De ahí que una de mis grandes decepciones se produjera después de la ordenación,

cuando me dijeron que por el momento era imposible ir a Rusia

Entonces me destinaron a la misión de rito oriental de Al’Bertin

Después de tanto sacrificio,

tanto estudio y tantos sueños,

en aquel momento de profunda decepción,

dudé que era voluntad de Dios que algún día viviera en Rusia

¡Y ahora aparecía Makar para preguntarme si estaba dispuesto a cruzar la frontera con él y con el P

Nestrov

! Cuando recobré la calma suficiente para atreverme a hablar,

casi solté un grito: —¡Por supuesto,

¡En primavera estaremos en Rusia

Y Makar,

aquel georgiano alegre y despreocupado,

era el compañero perfecto para mi estado de ánimo

Hablamos largo y tendido: los planes que describió eran los míos

¡Qué extraños son –decíamos– los misteriosos caminos de la providencia divina

! Los ejércitos rusos habían invadido Polonia y la misión de Al’Bertin,

yo ya me hallaba dentro de Rusia

Si los rusos habían llegado hasta mí,

¿qué podía impedir que yo,

aun cuando aquello significara cruzar una frontera vedada a los sacerdotes

? ¿Y el cierre por parte del obispo de la misión de rito oriental de Al’Bertin no me liberaba acaso de la responsabilidad de 17

? En Rusia los refugiados necesitaban sacerdotes y cruzar la frontera con ellos parecía bastante fácil,

mientras que nuestra misión se encontraba con el obstáculo de las tropas rojas: todo era tan providencial que la voluntad de Dios parecía evidente

Pese a la emoción,

veía claramente la importancia de ese momento

Se trataba de un punto de inflexión,

un nuevo comienzo que influiría en toda mi vida de cara al futuro

No obstante,

era lo que siempre había deseado,

lo que siempre había esperado y soñado desde aquel día en St

Andrew’s

Estaba más seguro que nunca de que eso era lo que Dios quería de mí

mientras hablaba animadamente con Makar acerca de nuestros planes de futuro,

volví a experimentar esa inmensa alegría,

esa honda convicción que sentí el día en que,

años atrás,

escuché por primera vez la llamada al apostolado en Rusia

Pero no todo iba a ser tan fácil

La mañana siguiente trajo consigo un torrente de dudas

¿Habría dejado que el entusiasmo que despertaba en mí un antiguo sueño anulase mi buen juicio

? ¿Podía estar tan seguro de la voluntad de Dios

? ¿No estaría interpretando los acontecimientos como una «señal» de la providencia divina solo porque quería que lo fuera

? ¿No estaría limitándome a seguir mis propios deseos,

considerándolos la voluntad de Dios en mi vida

? Cualquiera que se haya debatido alguna vez con su conciencia sobre un determinado modo de obrar ha experimentado lo mismo que me ocurrió a mí

Cualquier joven que se haya sentido llamado a una vocación y haya dudado después,

preguntándose si esa llamada es auténtica,

conoce la agonía de esas dudas y la fuerza de los contraargumentos

La razón y las razones ponen tu mente en ebullición

Piensas en las responsabilidades presentes y futuras sobre tu familia y tus amigos

te planteas el bien que puedes hacer desde tu sitio o la posibilidad de servir a Dios y a los hombres de otro modo

desconfías de los motivos que influyen en tu espíritu,

dudas de tu capacidad para seguir la llamada (e incluso de la llamada misma)

el futuro te inspira vagos temores y sientes un temor muy real a estar equivocándote

sabes que debes tomar una decisión y sabes también que esta conlleva un compromiso que no tiene vuelta atrás,

que cambiará todo el curso de tu vida

El hombre que se enfrenta a la posibilidad de un trabajo nuevo y tal vez mejor

la mujer que se plantea una propuesta de matrimonio

los padres que proyectan una mudanza

el adolescente que intenta decidir su futuro en un mundo cambiante: todos conocen la agitada tempestad de dudas y temores,

de razones contradictorias y de respuestas que en situaciones como estas pueden perturbar el espíritu y paralizar la voluntad

Así me sentía yo

Y el argumento más descorazonador era este: ¿no estaría rehuyendo mis obligaciones para con los fieles de Al’Bertin

? ¿No sería el pastor asalariado que escapa y deja al rebaño indefenso en cuanto llega el peligro

? Era verdad que el obispo cerraba la misión de rito oriental

Pero la parroquia de rito latino continuaba abierta

La gente,

sobre todo la de edad más avanzada,

aún plantaba cara a la 18

persecución asistiendo a misa

¿Estaría siendo yo menos valiente

? ¿No es la primera obligación de un sacerdote quedarse junto a su rebaño bajo cualquier circunstancia,

pero especialmente cuando se ve amenazado por algún peligro

? ¿Estaba seguro de que Dios quería que fuera a Rusia

? ¿No se las había arreglado –por decirlo de algún modo– para que yo ya estuviera en Rusia

? ¿De verdad creía que Dios deseaba que abandonara una situación real,

las necesidades concretas de su pueblo de Al’Bertin,

para ir en pos de una quimera en una tierra desconocida y entre gente que no me había pedido ayuda ni que fuera allí

? ¿Cómo podía estar tan seguro de la voluntad de Dios

? Estas eran las preguntas y los argumentos que me torturaban

Tenían sentido tanto desde un punto de vista lógico como espiritual,

y sabía que eran algo más que razonamientos

La mente recurre a los razonamientos para justificar una decisión que ya se ha tomado sin razón suficiente,

o bien para justificar que se obra como la voluntad ya ha decidido que obrará

Por eso este tipo de razonamientos suelen ser sospechosos

por eso hay que examinar siempre detenidamente los motivos

Sin embargo,

mis argumentos iban en contra de lo que yo sabía que quería hacer,

eran preguntas basadas en hechos y realidades,

Quien haya tenido que sopesar la elección entre una vocación y la llamada a formar una familia,

o evaluar qué rumbo tomar o bien una perspectiva de futuro frente a las imperiosas realidades del presente,

conoce la intensidad del dilema que me atormentaba

Abraham,

llamado por Dios a abandonar cuanto conocía y amaba para,

en virtud de una vaga promesa,

salir en busca de una tierra desconocida,

debió de sentir toda la fuerza de estos contraargumentos

Es más,

cuando Dios le pidió que sacrificara a su hijo Isaac,

quien encarnaba el pleno cumplimiento de la promesa original,

¿cómo pudo estar seguro de la voluntad de Dios

? ¿Cómo puede nadie estar seguro

? Recuerdo muy bien aquella crisis

Hasta entonces no había dudado nunca de que Dios quería que fuese a Rusia

Desde el mismo día en que escuché la llamada,

esa convicción se convirtió en el núcleo de mi vida

Esa certidumbre,

esa fe absoluta en la divina providencia me habían sostenido en todas las dificultades,

me habían llevado a superar cualquier desaliento

Era mi sueño,

Y ahora se abría ante mí ese dilema espiritual

¿De verdad estaba tan seguro de la voluntad de Dios

? ¿De verdad estaba tan seguro de que esa oportunidad de entrar en Rusia era lo que Dios quería de mí en ese momento

pero mi espíritu estaba tan alterado y mi intelecto tan activamente dedicado a sopesar los pros y los contras,

que no era capaz de escuchar la voz de Dios

Lo hablé una y otra vez con el P

Makar y también con el P

Grybowski,

el único sacerdote de la misión que se quedaría en Al’Bertin si yo me marchaba

Hablé con los feligreses,

quienes me suplicaron que no me fuera

Por fin,

decidí que no podía dejar Al’Bertin

No podía dejar una iglesia donde sabía que me necesitaban

No podía dejar una parroquia cuyas necesidades conocía tan de cerca

no podía huir del peligro o de la persecución para seguir la vaga visión,

una tierra lejana prestado a un rebaño desconocido

A través de mis superiores,

Dios me había destinado a Al’Bertin: esa sí que era su voluntad

Así pues,

nada más tomar esa decisión con total honestidad y firme convicción,

Haber solucionado el problema no me trajo la paz ni la alegría ni sosegó mi corazón

La oración se me hizo difícil,

Pensaba que me faltaba fe,

que había decidido escuchando la voz de la razón y no la de Dios

Me inquietaba la sensación de haber roto con el patrón que hasta entonces había regido toda mi vida

Porque esa decisión representaba una ruptura con mi habitual manera de experimentar e interpretar la obra de la divina providencia en mi vida,

tratando de ver en todo la voluntad de Dios y de seguirla

Pero lo más importante era la pérdida de ese profundo sentimiento de paz interior,

ese sentimiento de alegría y entusiasmo,

ese firme espíritu de fe en la participación de Dios en mi vida que,

había sido un elemento decisivo en mi vida interior

Eso hizo que me replanteara la decisión de quedarme en Al’Bertin

Recé para abrirme totalmente a la providencia divina

estar dispuesto a seguir su llamada me llevara donde me llevara,

Deseaba estar plenamente abierto a la voluntad de Dios,

escuchar su voz y dejar de lado el yo

Así fue como pedí que me guiara

Inmediatamente,

volvió a invadirme esa sensación de paz,

esa confianza en la fe sencilla y directa que se manifiesta en fiarse solo de Él

Supe lo que debía hacer

Experimenté lo que ya había escuchado de algunos directores espirituales o leído en algunos libros,

pero nunca había entendido plenamente: que la voluntad de Dios se puede discernir por los frutos espirituales que trae consigo

que la paz del alma y la alegría del corazón son dos de esas señales,

siempre que surjan de un total compromiso,

de una plena y exclusiva apertura a Dios,

y no residan en los propios deseos

Que la validez de una llamada –bien sea la llamada a una vocación,

bien a algún nuevo comienzo dentro de esa vocación– puede probarse por los movimientos del alma que la acompañan

Que los movimientos de la gracia de Dios deben ser siempre aceptados y entendidos a través de la vida de fe,

la verdad de toda acción misteriosa de la gracia se distingue a la luz de la fe,

y no por la fuerza de la razón o el intelecto

Hay movimientos del alma,

más profundos de lo que las palabras son capaces de describir y más poderosos que cualquier razón,

que pueden hacer que el hombre sepa,

que «este es el dedo de Dios»,

y el nombre de esa realidad es la gracia

Dios inspira al hombre con su gracia,

ilumina su mente y mueve su voluntad

Para aceptar esa realidad se necesita fe,

pero no por ello deja de ser una realidad

Ni todas las explicaciones lógicas y razonadas de los teólogos serían suficientes para convencer de ella a quienes no poseen el don de la fe,

pero sigue siendo una realidad

Tan solo la decisión de entrar en Rusia me trajo la alegría y la 20

paz interior que son señales de la auténtica intervención de Dios en el alma

Así que iría a Rusia

Capítulo 3 RUSIA —¡Mira,

Nestrov

Fíjate qué tierra negra tan rica estamos atravesando

Es infinita… Luego,

lancé un grito: —¡Mira qué señal acabamos de pasar

me levanté de los tablones de madera del vagón y grité a los que iban en él: —¡Estamos en Rusia

todos los ocupantes del furgón se levantaron y se arremolinaron junto a la puerta,

escudriñando a través de los listones de un lateral del vagón,

y miraron atrás para ver cómo la señal se iba haciendo cada vez más pequeña a medida que el tren continuaba su lenta marcha

Pese a que los compartimentos de madera estaban abarrotados,

los ánimos subieron como la espuma

Los rostros se iluminaron

La gente se palmeaba la espalda

Alguien rompió a cantar

Profundamente conmovido,

guardé silencio mientras contemplaba por primera vez el fértil suelo ruso

Al rato,

Nestrov y le susurré: —¿Qué te dije

añadí: —Hoy es diecinueve de marzo,

Nestrov y yo nos miramos un buen rato en silencio

Imposible saber qué nos depararía el futuro,

pero al menos estábamos haciendo lo que llevábamos muchos años soñando,

aquello de lo que tanto habíamos hablado durante nuestra época de formación en Roma,

lo que habíamos planeado cuidadosamente en Lvov en los últimos meses

No importaba que en ese vagón nadie más supiera que éramos sacerdotes

Lo sabíamos nosotros

Para ellos,

un polaco cuya familia había sido aniquilada durante un bombardeo de la aviación alemana

Cruzar la frontera me proporcionó un curioso sentimiento de euforia y,

Hasta la tierra parecía diferente: la vasta extensión de Ucrania,

con terrenos de cultivos aparentemente interminables que formaban aquí y allá suaves colinas onduladas y pastos

El entusiasmo del resto de los ocupantes del vagón era contagioso y tenía su origen en causas distintas

Significaba,

que nos acercábamos al final de nuestro viaje dentro de los toscos contornos del vagón 89725

Aunque al inicio éramos veinticinco personas,

a lo largo del camino se fueron subiendo en sucesivas paradas más trabajadores

Dos filas de literas compuestas de ásperos tablones de madera recorrían las paredes del vagón

el suelo estaba cubierto de paja y en el techo había un respiradero

resto del mobiliario consistía únicamente en un viejo bidón de aceite perforado que nos servía de estufa y un balde que hacía de retrete

Nos había contratado Lespromhoz,

un fornido maderero soviético que reclutaba hombres para trabajar en la región de los Urales

Buscaban mano de obra barata,

procedente de las zonas recientemente ocupadas por el ejército ruso

Nadie hacía demasiadas preguntas

La mayoría de los ocupantes de nuestro vagón eran judíos huidos antes de que los nazis entraran en Polonia

En el tren viajaban familias enteras: el abuelo,

Arrancados de su tierra después de generaciones,

sus pertenencias para empezar una nueva vida en una tierra extranjera

En medio del intermitente traqueteo de un viaje que duró más de dos semanas,

se pasaron horas hablando del hogar que habían dejado y de sus nuevas esperanzas

Todos hablábamos de las oportunidades que nos aguardaban en los Urales

Cruzar la frontera con Rusia tenía para cada uno de nosotros un significado concreto

Para el P

Nestrov y para mí era un sueño hecho realidad

Y también para Franck,

un judío de Varsovia de quien Nestrov y yo nos habíamos hecho muy amigos durante el viaje

Se trataba de un comunista que había huido de Varsovia justo antes de que la ciudad cayera en manos de los alemanes

Fue entonces cuando decidió llevarse a su familia –su mujer,

su hijo de diez años y su sobrino– a vivir a ese paraíso sobre el que tanto había leído en la literatura comunista

Todos los que viajaban en el vagón tenían sin duda sus propias razones para sentir la alegría que nos embargó al cruzar la frontera con Rusia

En cuanto a mí,

jamás olvidaré ese sentimiento

Al júbilo espontáneo por haber alcanzado un objetivo se unían una profunda alegría y paz interiores

El entusiasmo y la esperanza se mezclaban con la súbita constatación de hallarme separado de todos los apoyos conocidos: mis superiores y compañeros jesuitas,

la Iglesia visible y la autoridad del gobierno norteamericano para protegerme en caso de serias dificultades

Por un momento,

pensé con tristeza y nostalgia en la posibilidad de no regresar nunca a Europa,

Pero al mismo tiempo me invadió la sólida certeza de no hallarme separado de Dios: estaba en mi interior

ahora dependía solamente de Él de un modo nuevo y muy real

Esa certeza elevó mi espíritu y la felicidad aceleró un poco mi corazón,

mientras me unía a la fiesta que se celebraba en el vagón llevado por mis propios motivos

La llegada a Chusovói y Teplaya Gora,

ciudades de los Urales dedicadas a la industria maderera,

pronto puso fin a nuestra euforia

Estábamos agotados,

la comida y las provisiones que llevábamos para el viaje hacía mucho que se habían terminado y llovía

Muertos de hambre,

tuvimos que esperar bajo el aguacero a que un agente de Lespromhoz hiciera el recuento,

antes de conducirnos a través de un barrizal hasta un campo situado a un kilómetro de la ciudad

Los barracones eran nuevos y rudimentarios

Buena parte de las paredes,

estaban parcheadas con barro y una especie de estuco de yeso

El trabajo que nos tocó hacer era duro

En brigadas mixtas de hombres y mujeres,

sacábamos a rastras los troncos del río y los apilábamos 23

en montones de más de dos metros de alto y unos treinta de largo

El salario inicial era muy bajo y dependía del número de metros cúbicos que reunieras en un día

Lógicamente,

los recién llegados no eran muy eficientes y ganaban muy poco

Nestrov y yo,

juntábamos nuestros salarios para comprar comida,

pero a veces no conseguíamos más que una hogaza de pan de centeno

Algunas noches no teníamos ni para eso,

pues también debíamos pagar el alojamiento en los barracones,

cantidad que nos deducían del sueldo antes incluso de llegar a verlo

Nuestro amigo Franck,

que soñaba con el paraíso obrero,

También el P

Nestrov y yo estábamos a cual más desanimado

No por el trabajo físico,

o por las constantes incomodidades,

la falta de intimidad y un hambre persistente

Aunque todo aquello ya era de por sí difícil de soportar,

lo habríamos hecho encantados de haber podido poner por obra el propósito que nos había llevado a Rusia

En realidad,

nuestra sorpresa más desagradable fue la gradual constatación de que allí no se podía llevar a cabo ningún apostolado

Aunque la libertad religiosa está técnicamente garantizada por la Constitución soviética,

el proselitismo se encuentra sujeto a una estricta prohibición

La Constitución garantiza la libertad de la propaganda atea,

pero quienes intenten difundir verdades de fe o promover la religión están infringiendo la ley

Naturalmente,

para Nestrov y para mí aquello era un simple dato

empezábamos a comprobarlo en nuestro día a día

Nadie quería hablar de religión,

Aunque ninguno de los trabajadores de nuestros barracones sabía que Nestrov y yo éramos sacerdotes,

de todas formas se mostraban reacios a hablar de nada relacionado con Dios o con la religión

Nos trataban como a compañeros de trabajo,

en un espíritu de amable camaradería

Compartíamos con ellos las tareas,

un alojamiento miserable y las penalidades diarias

Los refugiados sobre todo eran gente sencilla con un difícil destino que aceptaban con resignación

Nos admitían en su compañía,

hablaban sin reservas con nosotros y reaccionaban ante los problemas prácticos con los clichés y los tópicos nacidos de unos problemas y una herencia cultural comunes

Pero no querían hablar ni oír hablar de Dios

Tenían miedo

También Nestrov y yo nos volvimos cautos e incluso temerosos

en ese ambiente no había más remedio

No solo temíamos por nosotros y por lo que seguíamos confiando que acabaría siendo el éxito de nuestro apostolado,

sino también por las personas a las que esperábamos servir

Era tan poco lo que tenían en la vida que no queríamos causarles más dificultades

Ellos y nosotros sabíamos que había confidentes y miembros del partido dispuestos a denunciar cualquier actividad religiosa

Ni siquiera a los niños se les podía hablar de Dios,

pues se corría el riesgo de que,

comentaran con otros nuestras conversaciones y nos delataran

Mientras planeábamos nuestra entrada en Rusia,

teníamos la esperanza de poder 24

empezar nuestro apostolado atendiendo a los refugiados,

muchos de los cuales eran polacos católicos,

para luego ir ampliando poco a poco nuestro radio de acción entre los rusos que aún conservaban la fe

Pero lo que descubrimos fue que ni siquiera podíamos mencionar el tema de la religión con nuestros compañeros de trabajo,

y mucho menos decirles que éramos sacerdotes

cuanto más nos convencíamos de ello,

Nuestras expectativas eran tan altas y nuestro entusiasmo tan grande que el desengaño de vernos incapaces de iniciar ningún apostolado fue aún peor

Poco a poco,

la decepción fue dando paso a la desilusión y el abatimiento

A veces incluso sentía lástima de mí mismo y juzgaba con dureza a mis compañeros

¡Tantas renuncias,

tantos peligros para llevarles a Cristo…

¿y ahora no iban a sacar nunca ese tema

? —Jamás conseguiremos nada –le decía de vez en cuando a Nestrov–

la gente está muerta de miedo

Hasta se planteaban si correr o no el riesgo de bautizar a sus hijos o recibir los sacramentos en secreto

No obstante,

esa era la gente a la que había ido a servir,

gente privada de cualquier medio de rendir culto a Dios

Quería sufrir con ellos y por ellos: ¡si por lo menos estuvieran dispuestos a aceptarme,

! Otras veces me sentía humillado

El celo de los comunistas –pensaba– era para avergonzarse

No cabía duda de que ellos sí eran eficaces

De hecho,

su eficacia me hacía sentirme a mí,

un extraño entre mi propia gente

Había ido a servirles y me era imposible hacerlo: nadie deseaba escucharme

¿Qué podíamos Nestrov y yo contra el poder del sistema

? La idea de trabajar en aquel país en semejantes circunstancias ahora me parecía tan solo una quimera

Habíamos acometido lo que pensábamos que sería una gran empresa misionera,

para acabar dándonos de bruces con esa realidad

Las cosas no eran para nada como preveíamos y no estábamos preparados para enfrentarnos a lo que nos habíamos encontrado

¿Qué había sido de nuestras esperanzas,

? Torturados por estas dudas y preguntas,

Nestrov y yo nos vimos seriamente tentados de buscar algún modo de salir de Rusia y regresar a Polonia,

donde al menos podríamos volver a ejercer nuestra labor como sacerdotes,

aun en medio de las dificultades de un país ocupado

Allí la gente,

seguro que nos necesitaba: si sabía que estábamos disponibles,

Allí podríamos servir a la Iglesia: aquí no había nada que hacer

Ahora la aventura